1492 no fue solo el año en el que Alejandro VI era elegido Papa de Roma. De hecho, si ese año es uno de los más conocidos de la Historia no es debido a Rodrigo Borgia, sino a dos personajes coetáneos a él: Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, a los que el mismo Papa acabaría concediendo el título de Reyes Católicos. Precisamente en ese año de 1492 el navegante Cristóbal Colón, patrocinado y financiado por los monarcas, desembarcaría en el continente americano y el mundo cambiaría para siempre. En este sentido, Alejandro VI jugaría un papel fundamental con la expedición de las llamadas Bulas Alejandrinas.
Sin embargo, la relación entre pontífice y soberanos no comenzó aquí, pues ya desde que Alejandro VI era el cardenal Borgia sus caminos se habían cruzado. En 1472, bajo el pontificado de Sixto IV, Rodrigo Borgia realizó un viaje por la Península Ibérica en calidad de legado papal. Su objetivo, persuadir a los reyes de España y Portugal para que acudiesen a la defensa de la Iglesia ante una invasión de Italia por parte del Imperio Otomano, que se estaba convirtiendo en una serie amenaza para el Papa. La tarea no era ciertamente sencilla, pues los reyes hispanos, en general, tenían por costumbre solicitar que se les permitiese llevar a cabo la cruzada en tierras del norte de África o de la misma Península Ibérica, donde el dominio musulmán resultaba una amenaza real para ellos, sobre todo en el caso castellano, que seguía teniendo frontera directa con el Islam.




